Lanza tu pan al agua

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Dios puede hacer retornar a nosotros aquello que tanto valor tenía, con un resultado maravilloso.

Por Maleni Grider

“Lanza tu pan a la superficie del agua; después de un tiempo volverá a ti.”
Eclesiastés 11:1

El Eclesiastés (que significa “orador o predicador”) es un libro sapiencial de la Biblia que se atribuye tradicionalmente al rey Salomón, pues en el primer verso del mismo dice “Palabras del Predicador, hijo de David, rey de Jerusalén”, sin embargo, debido a la estilística del discurso, algunos expertos concluyen que el libro fue escrito en una época posterior a Salomón.

El hecho es que, siendo un libro de enfoque filosófico, sobre la “vanidad” de la vida, es decir, sobre su transitoriedad, el autor quiso resaltar la importancia de guardar los mandamientos de la ley de Dios como fin último del hombre, ya que todo lo demás es pasajero, por más satisfactorio o insatisfactorio que pueda ser.

El versículo 1 del capítulo 11, el penúltimo del libro, aconseja de manera proverbial lanzar nuestro pan sobre el agua pues, después de un tiempo, lo encontraremos de vuelta. ¿Qué quiere decir esto? Varias interpretaciones pueden desprenderse de este pequeño texto, y todas son interesantísimas.

Siendo el pan un elemento comestible y perecedero que se humedece y desintegra al contacto con el agua, sería imposible encontrarlo luego de mucho tiempo. La figura utilizada por el predicador es hermosa precisamente porque alude a algo que podría ocurrir, pero no en la realidad de lo físico sino en el ámbito espiritual.

Ofrecer nuestro servicio, nuestra ayuda, nuestra caridad, nuestro cuidado, nuestro trabajo ministerial a Dios, sin ninguna expectativa de recibir nada a cambio, es uno de los mensajes de este verso. Al lanzar el pan al agua, podríamos esperar no volver a verlo sino darlo por perdido, pero la promesa explícita en este pasaje es que lo encontraremos luego de muchos días. Es decir, al darlo y dejarlo ir, volverá a nosotros con un fruto, veremos los resultados de dicha labor, de manera sustancial o verdadera en el futuro.

Otro aprendizaje de este hermoso versículo es que si damos lo que tenemos, todo lo que tenemos (nuestro pan) y, a pesar de que todo parezca estar en nuestra contra, confiamos en que será por una buena causa, recibiremos una recompensa en algún momento, quizá no material, o quizá incluso mucho más abundante de lo que dimos.

Lo precioso del pasaje es la promesa implícita de que ese pan, esa dádiva, esa acción de fe no se perderá ni se sumergirá en el agua, sino que prevalecerá, flotará y, luego de algún tiempo, recuperaremos aquello que invertimos, segaremos aquello que sembramos, o recibiremos aquello que esperábamos. La clave es confiar, dar el paso de fe, dar de manera generosa lo que debemos dar. Dejárselo a Dios, el único que puede sobrepasar las leyes de la física, la química y la biología, y quien puede hacer que el pan se conserve en el agua.

Este pasaje también me recuerda a Miriam, la madre de Moisés, quien para salvarlo tuvo que poner a su bebé en una canasta y dejarlo ir en la corriente del río Nilo. El niño llegó, protegido por Dios, a las manos de la hija de Faraón, quien lo tomó y lo crió como a hijo y le dio un lugar privilegiado en el palacio. Su madre, Miriam, volvió a encontrarlo, un poco después, sin que la hija de Faraón supiera quién era ella.

Dios puede mantener nuestra ofrenda sobre el agua, y hacer retornar a nosotros aquello que tanto valor tenía, con un resultado maravilloso.

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