La fuerza reparadora del amor de Dios

Escrito por  Martes, 14 Marzo 2017 00:00

Por Maleni Grider

El espíritu del Señor Dios está en mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a curar los corazones oprimidos, a anunciar la libertad a los cautivos, la liberación a los presos; a proclamar el año de gracia del Señor, el día de venganza para nuestro Dios. A consolar a todos los afligidos…
Isaías 61:1 y 2a

Nos tomamos de las manos, hacemos oración. Confesamos nuestros pecados y pedimos que el Espíritu Santo llene nuestra vida. Es viernes por la noche, tiempo de salir a pescar. Tomamos la red de la fe y pedimos al Espíritu de Dios que guíe nuestros pasos. En nuestros corazones arde el deseo de compartir las buenas nuevas de salvación.

Estamos exhaustos luego de otra semana en el ministerio del matrimonio y de nuestra familia. En nuestra vida antigua, quizá buscaríamos un poco de distracción, amigos, fiestas, algo para escapar de la rutina y el trabajo. Pero hoy, lo que deseamos es servir a Dios, ser ministros de reconciliación, portadores del Evangelio, mensajeros de la gracia, anunciadores del sacrificio de Cristo en la cruz y el perdón de pecados. Porque Él nos rescató, nos trajo de las tinieblas a la luz. Ahora nuestras vidas pertenecen sólo a Él.

"...Él nos
rescató..."

Manejamos por unos cuantos minutos, no sabemos lo que nos espera. Continuamos nuestro viaje en oración, con las manos entrelazadas y el mismo sentir. Deseamos encontrar a la persona indicada, alguien que necesite desesperadamente la presencia de Dios, alguien que esta noche necesite paz, consuelo, consejo, guía, amor, comida, o un suéter para el invierno. Nos ponemos las chamarras y descendemos del auto. Caminamos en la calle, en un estacionamiento grande con tiendas alrededor.

En nuestro andar aparece Richard, un hombre americano, alto, lánguido, sentado en una jardinera, con su vieja bicicleta al lado. Le hablamos de Jesús y él dice que ha asistido algunas veces a la iglesia. Nos damos cuenta de que bebe alcohol, vive en la calle, de su ropa emana un olor amargo a suciedad, su cabello es largo y desaliñado. También se agarra un costado del vientre y hace muecas de dolor.

"...Dios responderá
a nuestra oración..."

Seguimos hablando. Richard tiene un corazón humilde, y su mirada permanece fija como en un dolor antiguo, aletargado. No confiesa su adicción, su lenguaje corporal lo dice todo. Oramos por él, pedimos sanidad para su cuerpo y bendición sobre su vida. Le damos todo lo que podemos y regresamos a casa sabiendo que Dios responderá a nuestra oración de alguna manera.

La siguiente semana, viernes en la noche otra vez. La misma rutina de siempre, compromiso y diligencia para nuestro Señor. Rondamos la misma área, algunas personas nos dicen que no tienen tiempo para Dios. Seguimos caminando. Hallamos a Richard otra vez, ahora sentado con tres amigos. Lo saludamos, nos ofrece una sonrisa franca, notamos nuevos zapatos en sus pies y una playera limpia. Cruzamos pocas palabras y nos despedimos.

"...Dios tiene
un plan
para él..."

Seguimos andando. No encontramos a nadie, el frío arrecia. Una media hora después, al dar vuelta en una esquina, nos cruzamos nuevamente con Richard, viene en su bicicleta, solo. ¿Coincidencia o diosidencia? Nos detenemos, y se acerca. Le preguntamos sobre la semana que pasó, cómo le ha ido. Esta vez abre su corazón y nos dice sus necesidades, sus deseos de cambio, “no sé cómo llegué hasta aquí, tan bajo”, “quiero estructura en mi vida”. Tiene unos cuarenta años. Dice que es tarde, le decimos que hay mucho por delante, que Dios tiene un plan para él.

Quiere ser restaurado, le decimos que Jesucristo es especialista en sanar, restaurar, redimir, restablecer, componer, y que le encanta dar segundas oportunidades. Su rostro se ilumina. Hablamos por muchos más minutos, la gente pasa alrededor y nos mira. Continuamos escuchando a este hombre que está buscando salvación. Le ofrecemos oración, y nos dice “Sí, por favor”, con un gesto de aceptación impresionante.

"...bendito sea
su amor
reparador..."

Extendemos un abrazo sobre sus hombros y le pedimos a Dios que lo guíe hacia la verdad, que lo libere y le dé una nueva vida. Nos ponemos a su disposición. Nos despedimos con gozo, sabiendo que algo bueno vendrá sobre su vida. La próxima semana quizá volvamos a encontrarlo en el camino, y quizás habremos ganado una nueva alma para el Reino de Dios. Él hará su obra en la vida de Richard, y de tantos otros, y le glorificaremos. ¡Bendito sea el nombre de nuestro Señor Jesús, y bendito sea su amor reparador, inconmensurable, Sanador!

anim fuerza reparadora

Maleni Grider

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